
|
Se muestran los artículos pertenecientes a Noviembre de 2005. 10/11/2005Dolor Dolor. Miedo. Shock. Nervios a flor de piel, noche envuelta en blanco y angustia. Ausencia. Jamás me habían puesto anestesia total. Se me antoja algo muy parecido a morirse, morirse sólo un rato, para encontrarte después con amables caras luciendo gorritos verdes que te dicen: “Ya estás!”, que te ponen oxígeno, que te tapan con gruesas toallas también verdes (me moría literalmente de frío). Nàusea, y cuando has sido consciente una a una de todas esas vertiginosas sensaciones, y una anestesista cariñosa te pellizca la nariz, el dolor. Y a medida que pasan las horas, la consciencia de tí misma. De tu capacidad para aguantar, de tu valentía, de tu presencia de ánimo, de tu cuerpo, enorme, que resulta más que nunca una molestia, y al que no te atreves a odiar, escuchando el eco de un vago sentimiento de culpa que te avisa de que ya le odiaste bastante antes, y por eso estas hoy aquí, y así. Consciencia de tu cobardía, de tu miedo, de la escasa capacidad para dominar tu dolor físico y para contener tus emociones y evitar que se conviertan en tus enemigas. Consciente del amor, cada minuto, reconfortante en medio del desasosiego. Temerosa de no saber corresponder, temerosa de la pérdida sufrida, tensa de pánico por sufrir cualquier otra pérdida, ahora, o en un futuro. Imersa en semejante caldo de falta de autoconfianza y temores varios, oigo su voz que sin cesar me recuerda “has de creer, has de creer en ti, no tengas miedo”. Pero me rebelo. Parece que hace mucho tiempo perdí esa capacidad de creer en mi y la sola posibilidad de recuperarla es otro eslabón de miedo al fracaso en mi cadena de inseguridades. No me abandono. Medito, respiro hondo, no me separo de mis piedras (y me acuerdo de Mon cada vez que las miro y las toco, Mon cómo me están ayudando las piedras, nunca creí...). Intento convencerme de que puedo, intento serenarme para aguantar un tirón de dolor mejor que un movimiento lento que me desgarra las entrañas. Intento, intento. Y a menudo me rompo, en mil pedazos, con estruendo. El corazón y la cabeza, el alma misma en el centro de este volcán completamente incontrolado, trabajan como no lo hicieron nunca antes de ahora. Me repito a mi misma que cada minuto de esta prueba es una lección de vida, y que tengo que sorber hasta la última gota, que no puedo permitirme dejar resbalar fuera de mí las preciosas savias que los momentos y las situaciones rezuman sobre los labios de mi reconocimiento. Perdonarme a mi misma quizás no estaría de más. Y entender que para volver a empezar no basta con poner parches, si no que hay que hacer borrón y cuenta nueva. Y que la oportunidad de oro, duele. Bueno, la vida no da nada gratis, qué esperabas, boba? |
Temas
Archivos
EnlacesDonde voy a tomar el teOtras habitacionesOtros |
Esta obra está bajo una
licencia de Creative Commons.
');